Un regalo, un castigo, una búsqueda…
Ese lugar a donde sólo tú sabes cómo llegar. Ese lugar donde la vulnerabilidad se hizo cicatriz y que puede existir aunque estés rodeado de gente.
Las soledades, cada uno con la suya, se formaron por el rechazo, por la sobreprotección, por el abandono, por el abuso, o porque las cartas de la vida vinieron mal dadas. Aquí van algunas con las que yo me he encontrado personal y profesionalmente.
¿Cuál es la tuya?
La soledad como recompensa:
Eso que dicen de “más vale solo que mal acompañado”. Es mejor estar solo porque los demás me hacen daño, bien porque me rechazan o me ignoran pero también porque nunca me permiten tener mi espacio o intimidad en la que ser yo mismo. Ese lugar donde no me interrogan o no me controlan o donde siempre están preocupados por mi. Esa soledad en forma de juego, afición, jobi etc. donde ¡qué más da lo que piensen los demás!
La soledad como castigo:
No puede confiar en si mismo, “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Nunca se me dio la oportunidad de confiar en mi, bien por sobreprotección o porque se han vivido situaciones extremas de estrés o miedo. La soledad se vive como algo terrible y en lucha por no necesitarla. No confío en mis propios recursos porque nunca tuve la oportunidad de desarrollarlos.
La soledad masculina:
(Y cada vez en más mujeres). La soledad del hielo. Esta frase tantas veces escuchada: “Los hombres no lloran”, se ha normalizado tanto que muchas veces se dice hasta como chiste. Es la cultura del esfuerzo y del mandato no puedo mostrarme vulnerable. Mantener esa vulnerabilidad a raya a base de pragmatismo, estoicismo, esfuerzo a base de objetivos etc. … hasta que llega un momento en el que me encuentro preguntándome “¿Cuál es el sentido de mi vida?” y acabo sustituyendo los sentimientos por objetivos y resultados porque la ternura profunda compartida no es una opción. Los hombres ni sienten ni padecen, es un mito.
La soledad femenina:
-¿Qué te pasa?
-Nada!!!
Si con el hombre hablábamos de la soledad del hielo, en las mujeres hablamos de la soledad volcánica. Eso que dicen de “si las miradas matasen…” aquí suele encajar bastante bien.
Es ese sitio, donde no se puede entrar pero que necesito ser vista ahí. Y donde el lastre de ser histérica normaliza y trivializa la necesidad de seguridad. Por biología y cultura, la mujer es la sostenedora emocional de la pareja, de los hijos, de los padres etc… por lo que su emocionalidad particular no tiene sitio propio y necesita ser sustituida por reconocimiento, por comprensión, por ser vista. Con la trampa de “si soy útil soy querida” y se sustituye determinados sentimientos por la preocupación y el estar siempre disponible para sentir en soledad lo que no puedo sentir o expresar con otros.
La soledad en el cuerpo:
Puntos claves donde se esconde la soledad: Los síntomas que hablan de aquello que se esconde o aquello que quedó olvidado pero no reparado. ¿Cuál es tu zona resentida?
Preocupación: Cabeza, cara y cuello
Estrés: Corazón: Pecho.
Tristeza: Pulmones.
Ira: Hígado.
Angustia: Estomago.
Frustración: Páncreas.
Miedo: Riñones.
Disociación: Extremidades: Manos, brazos, piernas, pies…
Autocontrol: Dolores musculares y articulares etc.
Está localización no es una verdad absoluta. En general nuestro organismo responde a como está estructurado en nuestro cerebro nuestra expresión de las emociones y nuestra experiencia de seguridad y confianza en uno mismo ante la vida y las relaciones.
Cada zona del cuerpo guarda distintas soledades que se manifiestan en forma de síntomas diversos.
Existe mucha investigación y estudios con lo que cada parte del cuerpo esconde y su relación con lo emocional. Descubrir con el trabajo personal en terapia, cómo nuestro organismo anda entrelazado con nuestros pensamientos, sentimientos, emociones y experiencias vividas tiene la capacidad reparadora de cambiar nuestra salud y nuestra manera de sentirnos con nosotros y con los demás.
La soledad no es un vacío… siempre hay una parte nuestra en ella.

