Hay etapas en las que un cansancio te agarra por dentro. Y no es solo por dormir poco o por hacer demasiado. Es un cansancio, más difícil de explicar. Una especie de angustia interna que adormece las ganas, que justifica la quietud, que enlentece y agarrota el movimiento. Un estado de necesidad de no sentir tanto y que apaga nuestra empatía y capacidad afectiva. En los hombres suele manifestarse con estados de irritabilidad o/y apatía.
Ocurre a todas las edades, sexos y profesión. ¿Es depresión? ¿Estoy enfermo?
A este cansancio lo llamo el “secuestro nuclear”. No es pereza ni debilidad, sino una estrategia del sistema nervioso que protege de lo que resulta abrumador. El cuerpo y la mente se pliegan hacia adentro, como si dijeran “basta ya”. Y aunque ese cansancio suele aparecer por alguna causa o situación externa, el problema no es lo externo. Es un cansancio antiguo que resurge y protege una parte nuclear y vulnerable de tu personalidad haciéndote sentir pequeño e incapaz.
Si en ese estado de vulnerabilidad, piensas cosas, por ejemplo: “si esa persona no fuera así yo estaría bien”. La psicología dice esto otro: si resuelves tu vulnerabilidad, no te sentirás así y la fortaleza que aparentas por fuera se transformará en seguridad interna.
El cansancio funciona como barrera. No para evitar la acción, porque suele darse en personas muy activas y resolutivas. Actúa para evitar el contacto con algo propio reprimido. La adrenalina hacia adentro es lo más agotador que existe.
Este cansancio suele construirse en personas que han sostenido demasiado durante demasiado tiempo. Niños y niñas precoces. Personas que aprendieron a no detenerse, a seguir incluso cuando algo en ellas ya pedía una pausa. Pero cuando esta exigencia se vuelve insostenible, el organismo encuentra su forma de frenar con el cuerpo para dejar de sentir.
Cualquier mecanismo que ayude a no sentir algo, no se limita solo a ese algo. No sentir ira -> anula la alegría. No sentir miedo -> anula la ternura. No sentir dolor -> nos lleva a no sentir placer, etc.
Así el agotamiento se convierte en algo que nos protege de una parte de nosotros para no hacer daño a los demás o para no rompernos más por dentro. Un estado que merece ser escuchado con más profundidad. No siempre se trata de descansar más, de soltar, de voluntad, de animarte. A veces preguntarse en terapia qué parte de uno está secuestrada y despertarla, cambia el panorama y aparecen las herramientas que buscamos. Porque detrás de ese agotamiento puede estar tu verdadera autoestima, pidiendo un modo distinto de estar en el mundo y con el mundo.

