¿El mejor?
Da igual si duró 15 días, 6 meses, 2 años… la clave no es el tiempo, es la intensidad y la verdad de los sentimientos.
Cuando somos adultos muchas veces minimizamos estas relaciones, les quitamos importancia tanto a esa necesidad de estar juntos como a la ruptura. Les decimos a nuestros adolescentes: no te preocupes que esto pasará solo es el primer amor, nadie ha muerto de esto.
De la ruptura de un primer amor o una amistad yo no conozco a nadie que se haya muerto pero si muere una parte de uno que se va al fondo y reaparecerá con un disfraz y creencias más o menos prácticas para no volver a confiar ahí.
En el primer amor nos vinculamos desde lo más auténtico.
La biología es sabia y utiliza toda su fuerza para derribar todas las barreras psicológicas que construimos en la segunda infancia. Sin estas barreras psicológicas nuestro cerebro de sentir y vincularse se queda desnudo, vulnerable y accesible para desarrollarse.
Es una nueva oportunidad de recorrer lo que llamamos el apego. El apego es el vínculo más fuerte que existe y el impulso biológico más importante de nuestra supervivencia y de nuestra construcción y maduración como personas.
El núcleo de nuestra personalidad y autoestima se construye ahí cuando somos vulnerables y maduramos en la dependencia.
En la adolescencia ese núcleo vuelve a emerger y se conecta al primer amor.
Existen varios tipos de apego según como nos hayamos criado en casa. Es una nueva oportunidad de encontrar aquello que en el fondo necesitamos para madurar en la nueva exploración del amor y la sexualidad.
En esas relaciones o después de su ruptura, nos encontramos emociones o estados que no comprendemos. Se viven verdaderas pérdidas o duelos. Puede vivirse con mucha confusión, tristeza profunda, ira, apatía y todo perturbador porque son sensaciones de vulnerabilidad que se escapan a nuestro control y lógica. Sensaciones que también aprenderemos a enterrar en lo más profundo y volveremos a reaparecer con otro “yo” que condicionará nuestras relaciones de adulto.
¿Sabias que ese primer amor es el primer encuentro con tus fantasmas? Si, en la infancia y en la adolescencia se tienen fantasmas no solo es cuestión de adultos. El rechazo, el abandono, la soledad, el abuso, la humillación… aunque se viven más como sensaciones sin palabras.
Las personas tenemos un cerebro programado para mantener las relaciones importantes. Y el almacén donde están las herramientas son: El cerebro de sentir ( El cerebro límbico). Es donde vive el miedo, el asco, la tristeza y la rabia. Es el CEO del placer y del dolor. Y aunque generalmente se etiquetan de emociones negativas, no lo son. Son las que tienen la función de recuperar la relación o nuestro equilibrio tras un cambio. Lo que es negativo es “quedárselas para dentro” y no aprender a usarlas a sentirlas sin hacerse daño a uno mismo o a los demás.
¿Cómo la rabia va a servir para recuperar una relación?
¿Cómo la tristeza va a servir para yo estar mejor?
¿Cómo va a servirme el miedo para enamorarme?
A veces las respuestas están en esos sitios dónde no nos han enseñado a mirar o a sentir.
Todas esas emociones también son las que se necesitan para el placer y para hacer que te pasen cosas buenas. En un momento de cambio aprendemos a no sentir algunas para no sufrir o para no liarla parda. Pero esto sirve para un momento puntual. No puede durar mucho tiempo porque este mecanismo también congela el camino hacia el placer. Y vivimos a medias.
Nada es malo o bueno sin más.

