Los miedos que surgen en las relaciones son distintos al miedo en general.
El miedo al compromiso, el miedo al abandono, el miedo a ser rechazado, el miedo a ser utilizado o el miedo a ser traicionado, el miedo al contacto físico, son algunos de los miedos afectivos que aparecen en la mayoría de las relaciones y son miedos distintos a cualquier otro miedo.
En algunos casos son miedos latentes que aparecen en momentos críticos y otras veces son esos miedos más o menos conocidos de nuestra personalidad.
Cada persona hemos aprendido a gestionar estos miedos afectivos, según las experiencias que hayamos tenido y sobre todo según el entorno y la crianza que nos ha tocado vivir.
Son los miedos que podríamos llamar nuestra vulnerabilidad afectiva intima y personal. Una vulnerabilidad que sabemos que está ahí dentro pero que pronto, le colgamos el cartel de no molestar para poder desarrollarnos, madurar y construir nuestra identidad.
Mejor te cuento la *experiencia de Antonio y su miedo al compromiso:
Caso de miedo al compromiso. “Hoy no… mañana a lo mejor…”:
Antonio, 45 años; llegó a terapia porque en aquel momento algo se había atascado en su cabeza… en su vida.
“Mi pareja me dice que tengo miedo al compromiso y que necesito madurar”.
Hacía tres años que habían decido dar el paso de vivir juntos pero pasados tres años Antonio siempre lo retrasaba. Unas veces era por el trabajo, otras la economía, otras la salud, otras la familia etc… siempre surgían cosas.
Ahora, esa decisión en su día tomada para tener una vida de pareja mejor y más plena había transformado la relación en una sucesión de broncas y reconciliaciones.
La pareja de Antonio le dio un ultimátum porque ya se había cansado de esperar.
En ese momento, Antonio vino a terapia. Venía con el “diagnostico” de miedo al compromiso y con la duda de si tenía un trauma infantil.
Más cosas sobre Antonio:
Antonio, trabajaba en una unidad especial de emergencias realizando rescates de mucho riesgo y en muchas ocasiones en lugares inaccesibles o tremendamente peligrosos.
Antonio nunca hablaba del miedo en su día a día. Su vida estaba dedicada a la ayuda a los demás, tanto en su profesión como en su vida personal.
Una vida de entrega y superación constante.
¿Cómo es qué salvando a tantas personas de la muerte, él no conocía el miedo?
Y ahora, que se trataba de su vida y que no tenía que atravesar ningún fuego, ni bordear un precipicio, estaba sumido en un estado de confusión afectiva y personal que no alcanzaba a comprender.
Antonio era un por qué constante, su mente científica y resolutiva generaba pensamientos en bucle para localizar el problema y darle la solución correcta.
“Estoy atrapado en mi cabeza, me siento pequeño”. “Ya no soy el mismo”
Por qué he elegido el caso de Antonio: Porque es muy clara la diferencia entre el miedo en general y el miedo afectivo relacional. Por la profesión de Antonio vemos que lo que todos conocemos por miedo en general, no es un problema para él.
Cuando empieza a construirse nuestra personalidad afectiva:

Todo empieza cuando nuestro organismo entra en su primera relación intima.
La primera oportunidad fue hace mucho tiempo; allá por los –9 meses hasta los 3 años más o menos. Hay psiquiatras que dicen que todo empezó cuando nuestros padres se conocieron.
En ese momento nuestro cerebro es incompleto, por lo que la dependencia es un imperativo biológico. En esos momentos de intimidad vulnerable, el afecto positivo y negativo es la herramienta de la supervivencia para ser cuidados y poder vivir, desarrollarnos y madurar.
En esa etapa en la que se origina la personalidad afectiva es además cuando aprendemos a gestionar la incertidumbre. Esa incertidumbre es la que regula la satisfacción de nuestras necesidades y es el nivel de incertidumbre el que nos va a avisar de nuestro estado interno y marca la diferencia entre nuestra vida y nuestra muerte.
Estos patrones de alerta (necesidad) y calma (satisfacción) son los que nos acompañaran el resto de la vida adulta.
Esta incertidumbre relacional, se regula a través del afecto. Y nuestro cerebro recibe la información del mundo exterior, a través de los 5 sentidos.
Qué es lo afectivo: 
El afecto puede ser positivo y negativo. Estamos acostumbrados a relacionar el afecto sólo con el cariño y la sensación de sentimientos tiernos. Pero el enfado por ejemplo, también forma parte del afecto.
El afecto va en dos direcciones el que expresamos y el que recibimos. En el inicio de nuestra vida, es un toma y daca para ser atendidos y cuidados.
Las herramientas del afecto son las emociones (alegría, miedo, tristeza, enfado) que se expresan con los impulsos que se estimulan mediante los 5 sentidos.

En función de cómo es el ambiente estimular y cómo el ambiente de cuido recibe y gestiona nuestra expresividad y la satisfacción de nuestras necesidades así se programa nuestro cerebro emocional para la base de nuestra autoestima y personalidad. Y algo muy importante aquí se construye eso de lo que tanto se habla ahora “el quererse “a uno mismo.
Posteriormente, empezaremos a relacionarnos con otros niños y otros adultos y nuestro cerebro estará poniendo en práctica todo lo que aprendió y al ver que hay emociones que se quedaron atascadas, empezará a sentir la vulnerabilidad afectiva intima particular, desarrollada en su familia y aprenderá a ir ocultándola y construyendo encima, estrategias de sustitución.
¿Y el trauma?: 
El trauma afectivo o como lo conoce la psicología es el trauma o daño de apego. Aquí y en el caso expuesto de Antonio, no hablamos de nada excepcionalmente adverso como podría ser un abuso, maltrato, una guerra etc. Hablamos de la influencia del contexto de crianza y educativo que tenemos de niños.
Ambiente donde se viven miedos pero dónde también se aprenden otros miedos que no forman parte de nuestra experiencia pero los mamamos. Y aprendemos la culpa o la vergüenza que luego de adultos limita tanto.
Algunos ambientes y sus efectos:
- Ambiente donde se rechaza los sentimientos afectivos tiernos. Se atiende las necesidades de limpieza, alimento, salud física, etc.
El miedo afectivo resultante, bien puede ser el miedo al compromiso, miedo al rechazo. Podríamos estar hablando de una personalidad afectiva evitativa con estrategias de sustitución que aparecen en forma de ver a la otra persona con recelo, desafiante y pensamientos rumiantes.
- Ambiente donde el bebé aprende que para relacionarse y recibir los cuidados tiene que renunciar a sus propias necesidades para atender las necesidades de sus cuidadores primero.
El miedo afectivo que queda latente en la personalidad puede ser el miedo al abandono o el miedo al abuso. Las estrategias de sustitución y protectoras, de asco, aburrimiento, desgana ante una relación en la que puede haber afecto o intimidad. Y pueden acabar en patrones relacionales como: “renuncio a mi vida por ti” o “me quedo solo”. Amor/odio
- Ambiente donde el carácter de cuido es inconstante, unas veces era amoroso, otras ausente y otras odio. Aquí el niño no tiene estrategias de sustitución constantes porque nunca sabe que se va a encontrar. Tiene muchas herramientas pero no sabe utilizar bien ninguna. “Me convierto en ti” o “me escapo”.

¿Cómo se repara el daño afectivo?:
El “trauma” afectivo no está en nuestra cabeza, no es una idea, es una forma de vida. Es la suma de toda una vida de renuncias.
La vulnerabilidad íntima está oculta en cada paso que damos, en cada mirada, en cada beso, en cada decisión etc. y es distinta a cualquier otra vulnerabilidad o miedo.
A veces creemos que “soy así” pero mi experiencia como paciente y como psicóloga terapeuta es que hay mucho por descubrir y que las relaciones pueden ser plenas y liberadas de nuestras mochilas, con ayuda del trabajo terapéutico.
Estos casos de vulnerabilidad y miedos relacionales podemos atenderlo desde la terapia individual o la terapia de pareja. La terapia de pareja es efectiva pero la terapia individual es más eficaz y rápida.
Vivir mejor es posible y las buenas relaciones son el mejor pronostico de salud, equilibrio y bien estar.

(*)La historia de Antonio, aclararte que la intimidad y privacidad es fundamental en mi trabajo por lo que el caso de Antonio está basado en hechos reales pero tiene un nombre ficticio y características de varios hombres (también alguna mujer).
Gracias a todos los que os atrevéis a encontrar la verdadera fortaleza en esa vulnerabilidad que tuvo que ser abandonada, rechazada o maltratada para protegerla y así agarraros a la lucha por la vida.
¡Gracias por vuestra confianza!
